Pide un deseo

lunes, noviembre 25, 2013

   Allí estaba yo. Disfrutando de unos de los mayores placeres de la vida. ¿Quién podría negarlo?. Sumergida en aquella agua caliente, como si mi cuerpo formase parte de su composición. Y ese líquido una prolongación de mi. un elemento más que cobraba vida en mi cuarto de baño.
   Unas veces estaba en calma, otras en cambio se alborotaba. Formando un pequeño maremoto. Oía sus olas, a lo lejos. Yo era ola. Su rumor golpeaba mis oídos. Una vez. Otra vez. Cada vez más fuerte, como si me quisieran decir algo:
   - ¡Marta!. Te llaman.
   ¿Cómo?. ¿Qué?. ¿Quién podría destrozar mi paraíso así?. ¿ Quién podría odiar tanto aquel deleite, y odiarme tanto a mi, para arrancarme mi edén particular?. ¿ Quién podía quedar de la edad media?. Que no esperara que con esto es pecado y yo sé lo que es mejor para ti, lo iba arreglar. ¡Ya sabía que los años de Adán y Eva habían quedado muy lejos, pero yo sólo había cogido prestados 10 minutos!.
   Me envolví en mi albornoz y me lié una toalla al pelo como pude. Entre el enfado y la prisa por ver quién podía ser aquel ser. Crucé el pasillo intentando hacer el menor ruido posible, pero aún en los oídos sonaba el eco de las olas que ya se había convertido en un agradable recuerdo. Entreabrí la puerta. Asomando mi cabecita con aquella gran corona blanca, que alguien me dijo alguna vez que me favorecía. Y desde entonces a la mínima oportunidad me gustaba lucir.
   -¡Vaya!. Te hemos pillado bañándote… Este es Álvaro. Y te estaba buscando.- Balbuceó Paco. Entre una media sonrisa. Al darse cuenta que ya había puesto mis ojos en el extraño. Más bien no se los quitaba de encima.
   Álvaro. Era lo único que mis oídos aun con el zumbido habían podido percibir.
   Mi amigo entre sorprendido y mofándose miraba mi reacción. Nos conocíamos de siempre. Incluso presumía de lo bien que me conocía. Cuando supuestamente actuaba de forma diferente a como él pensaba, entonces enfadado me miraba y me decía que esa no era yo. A mi me daba risa. Pero me hacía preguntarme sin que nadie me oyera: ¿Quién soy yo?. Y me tranquilizaba pensar que por lo menos alguien lo sabía. Era mi amigo azul. Iba normalmente vestido de ropa vaquera. Llevaba los pantalones, la chaqueta y la camisa. Todo vaquero. Me preguntaba, a veces si su ropa interior seria igual. Mi amigo que había despreciado el mundo de la moda y creado su propio estilo. Que lucía con tanto glamour.
   Álvaro parecía haber salido del sueño de alguien como yo. No sé que ropa llevaba, ni siquiera si llevaba. Eso espero porque no me hubiese perdonado no mirar. Pero no podía bajar la vista de su pelo claro. Ahora sabría para siempre que color era el rubio ceniza. Que por cierto, no se parecía nada al de mi vecina, que tanto presumía de ese color, que decía lo en la peluquería de la esquina. Tenía los ojos claros. No eran azules, ni verdes. Eran color… Cielo. Ya está: Era un ángel.
   Mi gran sorpresa fue cuando estando los dos a solas en el bar del barrio me lo corroboró. Mi amigo se había marchado, al ver el panorama poniendo una mala excusa. Me contó además cómo había esperado en mi puerta donde se había presentado, para entrar los dos juntos y no llamar demasiado la atención. Yo no hablaba, escuchaba con los ojos como platos. Sin saber si reír, llorar o salir a correr… Opté por esperar.
   - Sí, sí un ángel… y yo soy caperucita roja… ¡No te fastidia!. ¡Que los reyes magos no existen!.
   -Mira.
   Abrió los brazos despacio y majestuosamente, como si de un pájaro al lanzar el vuelo se tratara. Una luz incandescente parecida a una vela ( Que tan bien conocía yo. Que por la noche a altas horas de la madrugada, más de una vez, había sido mi fiel compañera al no poder leer. Y no ser descubierta por la delatadora franja de debajo de la puerta), esta luz digo, lo envolvió como si fuese un regalo. ¿Y quién podía desearlo más que yo en aquel momento.
   No podía negar la evidencia. Lo que en primer lugar me pareció un chico corriente. Chico-guapo. Por muy guapo que fuese no dejaba de ser corriente. Su pelo rubio ceniza y sus ojos color cielo (Que ya sabía porque), su cuerpo más o menos atlético. Casi me dolía la mirada, pero así podía ver lo que antes ni tan siquiera podía imaginar. Su indumentaria se trataba de una camiseta polo de color rojo, unos vaqueros algo desgastados y unas zapatilla blancas. Un chico-corriente-guapo y quizá hasta bien vestido en esta época, pero aquella luz no podía ser más que algo divino, celestial, algo que escapaba de mi razón y no entendía.
   -Creo que he conseguido que empieces a dudar y conseguiré que me creas.
   -Creo que ya lo hago.- Supe decir.
   -Pues la verdad…-Prosiguió.- Sé que no te gusta recordarlo, porque al ser reciente aún sangra tu herida. Tu abuela que ve lo desgraciada que te sientes, no se ha olvidado de ti… Y su voluntad es que pidas un deseo.
   -¿Un deseo?.-Casi no me dejaba hablar el nudo que tenía en la garganta.
   -Puedes pedir lo que quieras. Pero… Piensa que esto no se podrás contar a nadie…Lo que consigas tendrá que ser algo que puedas encontrarle una explicación. Piensa que tu vida… Continuará como siempre a excepción de lo que pidas…
   Que buena había sido siempre conmigo. Cerré los ojos pero mi mente no alcanzaba a verla. ¿Dónde estaría?. De pequeña, cuando descubrí la muerte y supe que cuando ibas creciendo hasta envejecer, llegaba para recogerte y llevarte a sabe Dios donde… Lloraba por ella, pensaba que cuando llegase ese día, la echaría tanto de menos que no podría soportarlo. Entonces cada noche lloraba por un poco por ella pensaba, supuestamente que dividiría mi dolor. Quizá sin darme cuenta también lloraba por mi. Porque yo crecería y envejecería y un día también tendría que venir la muerte a buscarme y dar ese viaje tan lejos. Me daba miedo saber que no me podía negar, aunque no me gustase el sitio. Así que ahora no tenía lágrimas. Todo mi dolor líquido se había derramado. No podía estar muy lejos si podía verme…
   ¿Qué podía pedir?. Era cierto que estaba triste. Siempre había estado triste, pero no sabía por qué. Sólo lo sentía. ¿Quizá me sentía sola?.
   Pide un deseo… ¿Qué podía pedir yo?. ¿Sólo uno?. Qué cosa podría pedir que pudiese explicar… Que me había encontrado, que me había tocado en una rifa… Muy complicado, tendría que enseñar boletos falsos y ¿Cómo explicar que sólo había comprado para mi y no había comprado para nadie más, ni siquiera para mi madre?. Aquello empezaba a tomar forma. Quizá esto también me lo podía resolver el ángel. Siempre había pensado en ellos como en los típicos de la guarda. ¡La forma tradicional!. Una vez más me hacía pensar quién sería el insensato que había inventado los dichos tradicionales. Pobre. Como que las ranas no tienen pelo, que se vaya a África. Allí seguro que hay alguna tan simpática que le mostrará sus pelitos. Y lo malo es que había gente que pensaría como él.
   ¡UNA CASA!. Con sus puertecitas, ventanitas cuartos y todo lo que debería de tener una casa de ensueño. ¿Quién no se ha quedada dormido imaginando la casa de sus sueños, habitación por habitación, detalle por detalle?. Porque yo lo he hecho. Alguna vez se introdujo en mi sueño y por minutos quizás horas… pude vivir en ella. Sí eso era… Una casa solita para mi.
   Después de contarle mi idea. No me explico, cómo lo haría, ni pensándolo un millón de años. Pero aprovechando un pestañeo de mis ojos nos trasladamos a la casa. De pronto aparecimos entre muros grises, andando por un pasillo.
   Yo le iba explicando donde quería los dormitorios, cada habitación de mi futura casa, hasta el último detalle. No sé cuanto tiempo pasó. Pero habría estado el doble, el triple… Creo que a él también le hubiera gustado mi idea. Me miraba con gesto animado, mientras yo le daba órdenes, con la ilusión en la cara de la niña pide su regalo a los reyes magos. Y se recrea en sus palabras contando las maravillas que sabe hacer la muñeca que desea.
   De pronto se esfumaron todas las chispitas de mis ojos, mi cara iluminada. ¿Pedir una cosa que quizá apenas podría disfrutar?. Siempre fui lo que se llama de salud quebradiza, aunque no tuve una enfermedad grave. No me acordaba la última vez que me sentí bien. Que me sentí libre de reír, de hablar. Ahora sólo sabía fingir. Fingir que me divertía, fingir que me hacía gracia de lo que me reía, fingir que me hacía ilusión algo… Estaba harta. ¡Salud!. Estar siempre bien . Si estuviese bien podría trabajar y tener una casa, quién sabe incluso mejor que la que soñé. Pero con una casa no podría tener salud. Así que ese fue mi deseo.
   Le conté mi decisión y el me miró incrédulo, si me había retractado una vez, podría hacerlo otra vez.
   -Esta vez estoy segura. Quiero lo que más me falta y ahora para mi es lo más importante: Quiero salud.
   Sonrió y tan sólo dijo:
   -Espero que seas muy feliz. Mi trabajo ya ha terminado.
   Me acarició la cara mientras su figura se desvanecía. El iba desapareciendo y yo me daba cuenta lo feliz que había sido aquellos días con mi ángel. Mis ojos humedecían su imagen…
   -¡QUÉ TENGO QUE HACER PARA QUE TE QUEDES!.

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